
El cañón es la vena de la montaña, el curso furioso de fluir incesante que labra el macizo en busca del valle; es la roca y el agua, también. Es el reino de lo escondido, de lo misterioso, del contraluz y de la penumbra incesante que sólo rara vez acuchilla un rayo de sol antes de entregarse a las aguas bellas y tumultuosas.
En el cañón es el cambio perpetuo de la espuma que derraman las estruendosas cascadas, el eterno y autodestructor desgaste de la roca de la marmita y del bolo que la corroe girando en el fondo en una espiral infinita. Es la miseria del estiaje y el desenfreno de la crecida, el lugar donde convive el tronco centenario que camina lentamente hacia el valle a través de los siglos y la hoja caída y arrastrada vertiginosamente por la corriente, quizá detenida una tarde en la contra de una marmita.
En el cañón el agua recién nacida en la montaña parece querer cobijarse del sol implacable, guareciéndose en lo más profundo y sombrío al amparo de las paredes que ha ido lentamente labrando, entre susurros o entre bramidos y rugidos, según su ánimo.
Parece querer esconderse también del ser humano, como si el río en su niñez de aguas frías, limpias y cristalinas temiera dejarse ensuciar y contaminar, ocultando las mayores bellezas de todo su recorrido de la fuente al mar en estas grietas ocultas en las montañas que son los barrancos y cañones, lugares mágicos con una hermosura dura y desnuda, de roca y agua, de lucha y tiempo incontable, que el río a regañadiente sólo deja disfrutar al barranquista que une a su esfuerzo y determinación el afán de descubrir y los conocimientos técnicos y materiales oportunos.